Cazador

De la isla con los mazahuas
Fotografía: Marisela Duarte, Isla de Soyaltepec, Oaxaca.
*Karla Barajas Ramos

El árbol de pesadillas extiende sus ramas brazos, mientras el bebé de seis meses duerme en la cuna. Debajo de ella las raíces se enrollan por las patas de madera, luego, cual serpiente capturando a su presa, suben por los barandales.
El bebé no duerme, agita los brazos. La abertura de sus ojos se cobija con los párpados después de varios minutos. En la ventana de la habitación, Cazadoralerta observaen silencio, su cuerpo se eriza, su respiración es cada vez más rápida, presiente algo.
El bebé duerme, tiembla, llora, sueña que deja la cuna y en ella la sonaja llena de expectativas del mundo. La vaquita del cuento antes de dormir, el gorrión y la tortuga lo dejaron sólo, y él camina sin rumbo siendo ya un adulto.
El cazador sigilosamente se levanta, observa al niño, muestra los colmillos y arranca con desesperación, una rama y otra de las que rodean los barandales.
El bebé observa cómo se desvanecen rostros de hambre y miseria, caras curtidas por la exposición constante a los rayos del sol, arruga la carita, mueve las manos de arriba a abajo. Intenta abrir los ojos, no lo consigue.
Cazador destaza los brazos del árbol de las pesadillas y el bebé abre los ojos, y la boca. Llora. La madre lo escucha del otro lado del cuarto, se levanta, abre la puerta, prende la luz y carga a su hijo.
-Cazador, eres un perro malo. Rompiste un pedazo de cuna-. La mujer regaña a Cazador mientras levanta al bebé y observa astillas de madera regadas en el suelo, la ventana abierta, ramas rotas de un árbol dentro de la habitación.
Cazador agacha la cabeza y regresa a su lugar tras la ventana. Ve fijamente a la madre que abandona al niño en la cuna y apaga la luz. El bebé duerme, Cazador lo cuida.

II

Mientras los hombres ejecutan al juego de la paz, el árbol de los sueños extiende sus ramas brazos, pero los hijos de la guerra no quieren dormir, dicen que si duermen las balas los alcanzarán. Ninguno evita caer en sus ramas.
Los hijos de la guerra, ¡por fin!, duermen. Se alejan de las ruinas, del olor a pólvora, del humo tóxico de las bombas.
El cielo les lanza globos, enormes esferas rellenas de pintura de colores. Los niños los toman y juegan con ellos. Después de lanzarlos varias veces, el plástico se revienta y los pequeños se pintan de colores.
El árbol les devuelve lo que la guerra les quitó: un deseo innato de reír;a los padres hijos y a los hijos padres.
El Cazador de sueños está presente, intenta robar algunos niños para regresarlos a la realidad. No lo consigue. En la mañana los niños no despertarán. No en la tierra.

*Karla Barajas. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. (1982). Desde el 2004, publica artículos, columnas, ensayos, cuentos y crónicas en periódicos locales. Actualmente colabora con la Revista Va de Nuez, periódico Noticias Voz e Imagen de Chiapas y edita Cuentos ilustrados para niños. Colaboró en las antologías: Cuéntame un blues, Editorial La Tinta del Silencio, México, D.F, 2014 y Antología de Cuentos Fantásticos, Club Doyrens, España.