ALTAVISTA DE RAMOS

José Fernando Ulúa

Altavista de Ramos es una comunidad tranquila alejada del ajetreo de la ciudad, escondida entre sembradíos de milpa y caña dulce y el calor de sus habitantes. Está ubicada cerca de la cabecera municipal de Ameca, Jalisco. Ameca, que significa mecate de agua, tiene un río largo de aguas transparentes y milagrosas que desemboca en el océano Pacífico.

Llegar a Altavista de Ramos es fácil, basta seguir tu corazón, seguir el camino trazado por las nubes, una carretera que serpentea con su perímetro bordado de pasto verde que crece en tiempos de agua, y que el invierno lo torna en amarillo con su viento helado. Durante el trayecto se observa ganado en majadas o pastando en los montes, rebaños bebiendo en abrevaderos, gallinas sobre montículos de arena picoteando maíz quebrado, sembradíos de milpa o caña creciendo sin prisa; olvidé mencionar las huellas que, a decir de los pobladores, son los pies de Dios mismo; se dice que Altavista de Ramos es su casa de descanso donde pasa tardes otoñales meciéndose en su silla, sobre la banqueta, con la vista perdida en el Picacho.

El Picacho es una pequeña elevación pronunciada en el cerro, que aporta, al ya de por sí hermoso paisaje de Altavista de Ramos, una sensación de calidez, de hospitalidad con la naturaleza; se sabe de algunos ciegos de nacimiento que vienen al Picacho a mojarse los ojos con el agua que nace en las faldas del cerro y Dios les hace el milagro. Escalar el Picacho es tarea de valientes, quien se aventura a su conquista encontrará a su paso serpientes silenciosas o de cascabel sonoro; yo lo escalé, por ejemplo, hace muchos años, todavía conservo en el hombro izquierdo la mordida de un coralillo. Los habitantes de la comunidad, conectados al cielo en este pedazo de tierra, en el que la vegetación crece espesa con frutos abundantes, acostumbrados al trabajo duro cual hombres de campo, suben el Picacho como si de una escalera se tratara. La cima les ofrece un viento fresco como no se siente en ninguna parte del mundo.

Las calles, apaciguadas por el sol de la tarde, están forradas de piedra lavada de río, lo que las vuelve frescas ante el calor pesado de medio día. Las casas pintorescas bajo las tejas rojas regalan a la vista una estampa nostálgica de un pueblo sereno, adornadas, así mismo, por una parvada de gaviotas blancas que cruzan el cielo rojizo de Altavista de Ramos, apenas se vuelve tímido el sol tras las montañas. El tañido de una campana alta llama a los feligreses a la misa vespertina.

Por la tarde regresan los hombres de arrear la yunta montados en sus caballos, otros de andar el campo con sus talegas llenas de tepecamote, flor del cerro que se oculta de los ojos inexpertos debajo de la tierra; las muchachas de la escuela regresan alegres para salir después de la luna a recibir guitarras nocturnas en sus balcones. Algunos viejecitos sabios, en las puertas de sus casas, miran pasar la vida sentados en equipales de cuero de cerdo suave, algunos de palma tejida o de corteza bruta de árboles; la noche se extiende en silencio entre los ojos de los habitantes.


El cielo nocturno en Altavista de Ramos es un océano de estrellas. Basta salir al corral a mitad de la noche, alzar la mirada y perderse en el abismo del universo. Uno se puede quedar dormido en cualquier azotea o sobre los lienzos cimentados en arena de río o piedra de castilla; la tranquilidad inmersa en los oídos acompañada de un concierto noctámbulo de grillos y cigarras ciegas, lo transportan al origen de la vida.

No existe nada mejor en el mundo que un amanecer entre las calles de Altavista, mojadas de brisa, empapadas del canto de los gallos, el mugir de las vacas, la neblina ligera que oculta a lo lejos el galope de los caballos. Las mujeres madrugan para ordeñar las cabras, prender un fogón con la leña cortada de una noche antes; tortear la masa sagrada, producto del maíz del campo, sembrado por agricultores. Brota humo blanco desde dentro de las casas, -habemus tortillas- grita una niña descalza; tras el humo escapa el sonido de los molcajetes.

Yo no soy de por aquí. Aquí nació mi esposa hace un cuarto de siglo. Pero me gusta rondar por estas calles empedradas con piedra lisa en la noche fresca, fumar arriba de un lienzo o debajo de algún guamúchil. Aquí tengo buenos amigos. Me siento con Dios, por ejemplo, en su banqueta; por las tardes se nos pierde la vista mirando hacia el Picacho. Allá arriba, en el cerro, al pie de una penca de nopal, quedó una cruz de palo sin epígrafe, clavada sobre mi tumba. No son muchos los que sobreviven al veneno de un coralillo.

Publicado por

RevistaVadeNuez

Revista Va de Nuez, publicación que nació en Nogales, Sonora el 9 de febrero de 2005. En 2007 se comienza a publicar en Guadalajara, Jalisco y a la fecha. Ahora construyendo esta página con lo más relevante a partir del número 10, para nuestros lectores. Directora y Editora Rosario Orozco.

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